Muy buenas a todos, visitantes de Oroa!!! Soy el miserable autor de esta obra. sí, ese que desaparece durante meses sin dar señales de vida. Disculpadme, de verdad. Pero he de reconocer que las obligaciones y las distracciones me estan carcomiendo.
Por aquí deciros que la segunda parte va lenta, pero va, y mi esperanza está en que a finales de año esté completa, con lo cual estoy decidido a ponerme mucho más las pilas con la edición, ya que esta historia en concreto acabará, para dejar paso a muchas otras.
Dado que no quiero desvelar nada de la segunda parte, os dejo a continuación con un relato que escribí hace poco. Habla resumidamente de la vida de un personaje que vereis en Nexo de Esencias, asi que si os aburrís os invito a leer estas cuatro páginas.
Saludos y Larga Vida a Oroa!!!
DE SANGRE A SAVIA
Si mi vida ha estado marcada por algo, ese algo ha sido el egoísmo. Egoísmo que a lo largo de los años me ha reportado algunas alegrías, pero demasiadas desgracias.
Mi nombre es Nerdiam. Nací en Esgal, el rincón de mi mundo reservado para los de mi raza, los elfos. Desde siempre hemos sido reconocidos por nuestra sabiduría, belleza y por el respeto que le tenemos a la madre naturaleza. Desde que el mundo es mundo hemos estado en estrecha relación con las criaturas vivas, animadas o inanimadas. Cuidamos de ellas y ellas de nosotros. Pero a mí las cosas jamás me parecieron tan simples.
Muy joven comencé a sentir un devorador interés por las fuerzas primarias de mi mundo, los Regentes, seres que sojuzgan la energía elemental de este planeta bajo su voluntad. Y aunque sean seis, mis intereses únicamente iban dirigidos hacia Heor, el señor de la naturaleza.
Cuando alcancé la edad suficiente decidí ingresar en
Pronto me convertí en alumno aventajado y adquirí privilegios que muy pocos habían conseguido en su vida, y mucho menos tan jóvenes. Pero mi hambre de saber no cesaba. Por más que aprendiera en aquellos viejos libros y pergaminos o de las voces de los viejos Sacerdotes, nunca hallaba algo que aliviara mi curiosidad. La apariencia de devoto que debía tener me avergüenza aun hoy por lo hipócrita que era, pero en aquel entonces lo único que me importaba era alcanzar los más guardados conocimientos de
Una vez me nombraron Sacerdote, a los insignificantes treinta años, solo me sentí un paso más cerca de lo que buscaba, nada más. Mi curiosidad no paraba de acuchillarme y cada día el desánimo era mayor, pues las vías de estudio a mi alcance eran ridículas para lo que mi mente deseaba. Y un día me presenté ante el Sumo Sacerdote de aquel entonces.
Su apariencia no me intimidó, ni tampoco el poder que manaba de él. Sus amenazas no lograron frenar mis incesantes preguntas, entre las cuales no dudo que se colaría más de una blasfemia, así que consintió que continuara. Recuerdo que mientras él estaba sentado yo no dejaba de referirme a los antiguos escritos, a las teorías de sabios y locos por igual, a todos y cada uno de los libros que había leído… Y cuando yo ya empezaba a cansarme de exponer mis ideas él me hizo la pregunta que menos me podía esperar.
-¿Qué quieres saber? –dijo.
Entonces me di cuenta de que verdaderamente ya no sabía qué era lo que tanto deseaba conocer. Ya no me importaban las razones de por qué mi raza era la única que respetaba tanto a la naturaleza. Mi búsqueda de conocimiento no tenía objetivo, pero tampoco fin.
Tras aquello decidí abandonar
Los siguientes años los pasé vagando por Oroa. Conocí a cada una de sus razas, con sus características, costumbres y creencias. Anduve por bosques que nada tenían que envidiar a la belleza de mi hogar, pero también vi por vez primera lo odioso del desierto, lo muerto de los grandes picos, la podredumbre de las grandes ciudades de otras razas y lo horrendo del paso de las guerras que la codicia creaba. Vi falta de vida en gran parte de la superficie de este mundo y desprecio hacia la vida animal. No imaginas el asco que sentí ante tanta iniquidad. Asco y vergüenza. Vergüenza por el ser al que de joven admiré, al que decidí servir y del que anhelé aprender. Vergüenza por el patetismo de Heor, cuyo supuestamente inmenso poder quedaba ante mí como lo más ridículo del mundo si era capaz de permitir lo que había llegado a ver.
Me sentí tan asqueado por lo descubierto en mis viajes que tomé la decisión de jamás relacionarme con nadie que fuera capaz de mancillar el rostro de la naturaleza. Regresé a mi tierra, más mayor, más maduro, más sabio y con un nuevo objetivo: obtener poder. Un poder tal que me permitiera extender la naturaleza por el mundo y obligar a los demás a respetarla como se merece. Y el mayor poder que conozco, es el conocimiento. ¿Pero qué había que yo no supiera ya en aquel entonces?, me preguntaba.
A medida que los meses pasaban y yo leía y releía cada página que pudiera contener algo que me intrigara lo más mínimo, me sentía más poderoso. No tardé en usar mi sabiduría de manera impropia, ideando nuevas formas de manejar las habilidades obtenidas en el Templo. No puedo decir que me estuviera convirtiendo en druida, pues más quisieran los druidas conocer mis conjuros y pócimas. Mas nada era suficiente.
En un arrebato de soberbia me atreví incluso a cometer uno de los mayores pecados conocidos. Intenté crear una nueva vida a partir de restos de otra, empleando las más oscuras técnicas bajo mi control. Lo peor de todo fue que dio resultado. Logré algo que, que yo supiera, nadie había conseguido, y por ello mi prepotencia se incrementó hasta el punto de hacerme creer superior a todos y todo lo de mi alrededor. Superior a todo menos a los Regentes, pues ellos siempre serían más sabios y poderosos que yo.
Con mis aptitudes de entonces no me habría costado llegar a ser nombrado Sumo Sacerdote, a pesar de la mala fama que me había ganado a pulso con mi actitud. Pero no me interesaba lo más mínimo ese puesto. Era demasiado rebajado para lo que yo había llegado a ser. Cualquier cosa era despreciable para mi trastocada mente. Y un día el aburrimiento se mezcló con la locura, empujándome a iniciar la más arriesgada e insensata de mis acciones. Ese día comencé a buscar a Heor, uno de esos seis seres que era superior a mí. Ya no era para mí una deidad, solo un objetivo más.
Todos saben que algunos Regentes tienen la curiosa faceta de encarnarse en cuerpos físicos, puede que para estar más cerca de la creación bajo su control, pero que rara vez se dejan ver. Heor es uno de ellos. No se si fui el primero en dar con él, y tampoco le doy importancia, pero el caso es que tras mucho tiempo de búsqueda, le vi.
Su cuerpo era el más bien formado de todos los que había contemplado y tenía rasgos de mi raza, lo que me sorprendió enormemente. Su cabello, de un color oliva claro, caía hasta los tobillos y se entrelazaba con lo que parecía ser hiedra. En sus manos portaba un instrumento de viento con cuya música las plantas daban la impresión de danzar a la vez que las muchas criaturas que entre ellas habitaban. Era un espectáculo completamente excepcional el ver a ese ser allí, tan frágil y delicado aparentemente, pero con tantísimo poder en su dominio.
Insolentemente me atreví a atacarle. Mientras él continuaba tranquilo, ajeno a mi presencia, lancé mi golpe más potente contra su espalda, deseando de corazón alcanzarle, pues mi teoría era que un Regente podía ser derrotado en su forma física igual que cualquier otra criatura. El impacto fue terrible y acertado. Esperé a que la cortina de humo creada por mi ataque se disipara y pude contemplar el cuerpo inerte del Regente, tendido en el suelo, en medio de un cráter que también era obra mía.
Ni siquiera sé lo que sentí entonces. Había matado a Heor. Con un solo golpe había terminado con una de las más poderosas criaturas de Oroa, y eso solo podía significar que El Divino deseaba que yo le sucediera, dado que habría visto mi superioridad desde hacía tiempo. Seguramente incluso habría propiciado aquella situación, para mi ventaja.
Asumiendo mi nuevo papel en el mundo pensé en simbolizarlo de alguna manera, y lo único que se me ocurrió entonces fue beber de la sangre de Heor. Justo en el lugar donde mi golpe había dado se había formado un gran agujero en la carne del Regente, que pude comprobar que no era tal cosa, sino algo así como corteza. Con arrogancia introduje mis manos en su cuerpo muerto y recogí en el hueco de mis manos una extraña savia de color ámbar, muy fluida. Sin ritual ni dilación alguna bebí aquel líquido con ansia, intrigado como nunca antes lo había estado, y una vez acabé, simplemente esperé. Esperé algo extraordinario, algo majestuoso, algún tipo de milagro a mi alrededor, pero no parecía ocurrir absolutamente nada. Hasta que, tras pocos instantes, el cuerpo de Heor se fue disolviendo y uniendo con el suelo bajo él. Yo, erguido, continué esperando, iluso.
De pronto apareció ante mí una figura que me miraba con más ira de la que jamás he percibido de nuevo. Era Heor, pero mayor en tamaño, más fiero, más intimidante… Por primera vez en mi vida sentí miedo, aunque no por mucho tiempo, pues el dolor que le siguió fue muchísimo más agudo. La agonía que experimenté nunca la podré describir de forma exacta, pero sí diré que fue como notar ácido recorriendo cada fibra de mi ser, retorciendo mis extremidades y aplastando mis órganos. Lentamente mi carne fue cambiando hasta obtener una textura rugosa, mientras cada uno de mis cabellos caía a la tierra. Vi cómo mis manos se arrugaban, al igual que el resto de mi piel, y cómo se volvía de un color marrón del mismo tono que los troncos que había a mi alrededor. Temí que me convertiría en uno más de ellos ante la impasible mirada del Regente, que parecía saber perfectamente qué estaba pasando.
Y, finalmente, tras todo el dolor, la angustia y la incertidumbre, vino una calma tal como la que se debe sentir en la muerte. Me incorporé aun sin saber qué era lo que había sucedido en realidad, y entonces lo pude comprobar. Mi cuerpo había desaparecido, todos mis miembros eran ahora como los de una marioneta con corteza y por su interior ya no corría la sangre de los elfos. De carne y sangre a madera y savia. Había perdido mi humanidad. Eso era lo que mi egoísmo había causado esta vez. Eso era lo que mis ansias de poder me habían brindado. Y fue tal mi inquietud, mi vergüenza y mi incertidumbre que durante mucho tiempo me aislé de todo lo que me rodeaba hasta el punto en que, hoy día, no recuerdo dónde estuve, ni cuánto tiempo.
Era un joven prometedor, con gran capacidad. Podría haberme convertido en alguien importante tan solo con habérmelo propuesto. Podría haber obtenido una sabiduría práctica que sirviera para ayudar al resto del mundo. Podría haber vivido. Pero ya has visto que ningún puesto era lo suficientemente importante para mí. Y mi visión de ayudar al mundo era muy errónea, pues no me corresponde, ni a mí ni a nadie, juzgar lo que los individuos hagan, sino únicamente mis propios actos.
Mi egoísmo me impidió vivir una vida plena en este maravilloso mundo. Y ahora, si estás leyendo este manuscrito, es que estás en una situación similar a la que yo me encontré en mi juventud, cuando me encaré con el Sumo Sacerdote de entonces. Habrás venido hasta aquí exigiendo saber más de lo que te incumbe en tu enseñanza y te habré entregado esto. Es posible que yo me encuentre observando tus reacciones ante el relato de mi inconsciencia. Reacciones que irán desde el asombro hasta el miedo, pues ahora eres consciente de los motivos de mi aspecto.
Como puedes comprobar, todo lo que aprendí entonces no fue en vano y finalmente decidí usarlo para servir a Heor, como penitencia así como para un bien común. Puede que esté en lo más alto de esta gloriosa Orden, sí. Puede que aparentemente mi egoísmo diera fruto positivo. Pero ahora te planteo la misma pregunta que me hizo el Sumo Sacerdote a mí:
¿Qué quieres saber?
¿Quieres saber qué se siente cuando un deseo egoísta te aparta de los tuyos? ¿Quieres saber lo que es que una irracional ambición acabe cambiando todo lo que en un principio eras y querías? ¿Quieres que te cuente cómo me siento después de lo que me pasó? ¿Quieres saber lo que es no sentir jamás el calor de una mujer o el afecto de un hijo?
El joven acaba su lectura y deja el pergamino sobre la mesa donde lo había estado leyendo. Entonces la figura que esperaba sentada frente a él se incorpora. La tenue luz de aquel lugar choca contra la capucha de su túnica de Sumo Sacerdote, pero en un único gesto se descubre el rostro ante su joven alumno. Éste le observa, atento, y se detiene en cada pliegue de la corteza que es ahora su piel, viendo en aquel ser monstruoso no a su líder espiritual, no al héroe que creía que era. Ve a una persona demacrada en cuerpo y espíritu. Y, como si le estuviera leyendo la mente, su maestro formula una pregunta con su inverosímil voz:
-¿Quieres ser cómo yo?






